Gestión de las emociones de los niños

gestionar las emociones de los niños

Los niños miran, sienten, sueñan y exploran el mundo con ojos de niños. Pasan por etapas propias de su desarrollo y van probando y midiendo sus fuerzas a medida que descubren su impacto en el mundo y, especialmente, en su entorno más cercano.

No todos los niños son iguales, y es cierto que el carácter de cada uno determina la manera que encuentra a la hora de enfrentarse a los conflictos y de adaptarse a los cambios y circunstancias que se le presentan.

A veces les pasan cosas y no siempre reaccionan como a nosotros nos gustaría, y es porque no tienen herramientas para gestionarlas de una manera adecuada. Uno de los ejemplos más claros son las temidas “rabietas”, pero hay muchos más. Y el factor común en todos ellos es la deficiente gestión de las emociones.

Cuando están aprendiendo a hablar, no tienen adquirido el lenguaje y les cuesta decir lo que les pasa con palabras, y por eso expresan sus emociones de distintas formas.  A veces lloran si tienen pena, pegan si están enfadados, o incluso muerden si algo les da rabia… Pero todo eso es porque están aprendiendo, no hay que perder esto de vista. Y tampoco hacen nada para fastidiarnos, que a veces uno piensa que es algo personal y no es así.

Es un proceso normal en los primeros años de vida, de hecho, es muy común en los centros educativos de primera infancia. Y al igual que la familia en casa, en la escuela infantil o colegio deberán abordar este tema de la misma manera. Es importante hablar con el centro de educación infantil para asegurarnos de que se sigue la misma línea educativa.

Ellos necesitan que les acompañemos y enseñemos a descubrir cómo se llama lo que les pasa y cómo pueden expresarlo mejor. No sólo debemos decirles que eso no se hace, o hacerles ver que al otro le duele lo que le ha hecho… Porque eso a veces ya lo saben y no es suficiente. Pero si les comprendemos y apoyamos, ofreciéndoles alternativas para expresar su enfado y frustración, aprenderán a gestionar sus emociones y evitaremos que dañen a alguien o a ellos mismos.

Algo que no se debe hacer es estigmatizar a los niños que aún se expresan así, porque es una cuestión de tiempo, madurez y adquisición de herramientas.

Por esta razón, cuando algo les molesta, necesitan que nosotros les ayudemos a calmarse, pero es preferible no esperar a que estén fuera de sí o se frustren. Es posible hacerlo y además con cariño, que es lo que ellos necesitan.

Puede resultar de ayuda saber anticiparnos, ya que en muchas ocasiones sabemos perfectamente cuáles son las situaciones que pueden desencadenar esta reacción en nuestro hijo, y de esta manera, poder evitarlo. Esto no quiere decir que debamos modificar nuestros planes por miedo a su comportamiento, tan sólo que si podemos anular o evitar un factor desencadenante, sin mayor repercusión para los adultos, es inteligente hacerlo.

También es importante buscar signos de alarma que nos avisen de que el pequeño está a punto de perder el control. Conociendo al niño sabemos que si por ejemplo está empezando a ponerse colorado, es porque se está poniendo nervioso, o si cierra los puños es que se está estresando… En estas situaciones hay que echar mano del improvisador experto que llevamos dentro para desviar la atención del niño: “¡Vamos a contar cuántos coches rojos pasan!”

Y si no ha dado resultado lo anterior y el niño desata su enfado, tenemos que tener claro que con un niño en pleno ataque de ira no se puede razonar, al igual que pasa con los adultos. Lo mejor que podemos hacer es ignorar su comportamiento, no prestarle ninguna atención. Tened en cuenta que la pataleta es un comportamiento negativo y nuestra atención un premio… Por lo tanto, no tiene sentido premiarle con atención, ni aunque sea para regañarle, ya que lo que queremos es que deje de comportarse así.

Llegado este punto, y siempre que nos aseguremos de que no está expuesto a ningún peligro, debemos ignorarle en la medida de lo posible. Sabemos que a veces no resulta fácil, sobre todo si estamos fuera de casa, o si es hora en que se molesta a los vecinos…

Pero debemos tener claro que es un proceso de aprendizaje y como tal, es importantísimo que respetemos sus tiempos. Y por supuesto, una vez que haya pasado el chaparrón… ¡A otra cosa! Aunque estemos todavía enfadados por el mal rato que nos ha hecho pasar, en el momento en el que deje la rabieta le acogemos y damos por zanjado el tema sin hacer comentarios sobre lo que ha ocurrido; de hecho, a partir de ese instante le felicitamos por cada pequeño o gran logro que haga. ¡Eso siempre!

Lo más importante es elogiar el buen comportamiento de nuestro hijo. Ya que es infinitamente más efectivo premiar lo bueno, que incidir en las cosas que no hace correctamente.

La disciplina positiva es clave en la educación de los más pequeños. A través de la escucha activa, la empatía y el refuerzo positivo, tres pilares fundamentales de la disciplina positiva, podemos llegar a lograr una inteligencia emocional rica en nuestros pequeños.

Del mismo modo, dedicarle todos los días tiempo de calidad, en el que trabajemos las emociones y fomentemos la inteligencia emocional, es la mejor inversión anti-rabietas que podemos hacer.

No es fácil ser niño en un mundo de adultos y a veces a nosotros nos cuesta entenderlos. Tenemos que hacer un esfuerzo y no dejarnos llevar por las prisas, el estrés o los convencionalismos sociales. Intentemos ser la mejor versión de nosotros mismos, ya que somos su referente en la vida.

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